Poco se puede decir de un pueblo sin historia, sin pasado, sin tradiciones que transmitir entre generaciones, sin señas de identidad que le hagan diferente de otros, sin cultura.
Poco tienen que decir los pueblos sin espíritu propio en este mundo de globalización en el que todo se uniformiza bajo los estándares de las sociedades del nuevo milenio.
Hace mucho tiempo que el Pueblo Vasco entendió esto y, como en un avance de lo que sufriría a través de los tiempos por preservar esas particularidades que le identificaban, desde sus más remotos tiempos, como singularidad mundial, creó a su paso por los siglos un sinfin de símbolos muy personales que nos sirven hoy para hablar sobre muchas civilizaciones del más antiguo de los pueblos de Europa.
Símbolos que nos acercan un rico patrimonio, testimonios que arrancan con los primeros poblamientos, allá por el Paleolítico Superior, para ir acompañando una historia llena de altibajos económicos que determinan otros tanto momentos de esplendor creativo. Patrimonio arquitectónico, religioso, militar y civil. Castillos, palacios, caseríos, ermitas e iglesias. Vestigios, también, de lo mueble, conocedor éste de la obra escultórica y pictórica de los maestros más reconocidos de todos los tiempos. Símbolos, por extensión, que nos hablan de una peculiar lengua, el euskera, sin emparentamiento con ninguna de las habladas en las culturas hasta hoy identificadas, tan antigua, que su origen se pierde en la espiral del tiempo.
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