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Laguardia, todas las edades del vino.
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En tierras del vino, bien adentro de esa Rioja que baña el Ebro, en espacios donde los colores verdes y rojizos de cepas y racimos usurpan su protagonismo a esos más serios de suelos apenas frecuentados por las lluvias; allá arriba, asomada sobre un promontorio que le permite dominar un vasto altiplano que se humilla a sus pies, lo que en otras fechas suponía ventaja importante sobre el enemigo, obteniendo el tiempo suficiente para preparar la defensa de la villa, adquiere toda su dimensión la hermosa Laguardia, en casa de nuestra querida Araba.

Laguardia, fuerte, ruda como sus campos, señorial como sus palacios, amable como sus gentes. Conocedora de viejas historias que la destacan como protagonista de las primeras edades del hombre. Así lo atestiguan infinidad de recuerdos que una vez fueron elementos destacados de su paisaje. Primeras residencias de los más primitivos de sus antepasados, elementos funerarios, ... El Poblado de La Hoya, digno predecesor de todas las villas que a lo largo del tiempo existieron en su mismo lugar, cuna de civilizaciones híbridas, mestizaje de culturas autóctonas con otras preindoeuropeas, celtibera o romana.

Laguardia, militar, muralla defensiva y vanguardia protectora del reino de Navarra. Así la quiso Sancho Abarca, probablemente hacia el año 908, guerrera como él. En ella levantó un magnífico castillo, de los más bellos de la zona según cuentan las crónicas, que fue residencia frecuente de sus reyes.

Laguardia, militar, muralla defensiva y vanguardia protectora del reino de Navarra. Así la quiso Sancho Abarca, probablemente hacia el año 908, guerrera como él. En ella levantó un magnífico castillo, de los más bellos de la zona según cuentan las crónicas, que fue residencia frecuente de sus reyes.

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Los "ojos" de la villa.

La fortaleza se comunicaba con el exterior gracias a la existencia de cuatro puertas: la de Páganos, al oeste, la de Mercadal, al sur, la de San Juan, al sureste y la de Santa Engracia, al nordeste. En el siglo XV se creó la definitiva Puerta de Carnicerías.

Afectados a cada una de llas y a sus correspondientes trozos de muralla, los vecinos de esta Laguardia medieval se repartían en distintas asociaciones de carácter cívico-militar para su defensa. Todas ellas portaban nombres de distintos santos. Así, estaban las de Santa Engracia, San Juan, San Nicolás o San Antonio. Sobre cada una de las puertas de una Laguardia actual prácticamente inalterada, pequeñas hornacinas que contienen imágenes de aquellas santidades representativas, reflejan esa motivación histórica de sus habitantes.

Laguardia, navarra y castellana, generosa siempre con sus dueños, los que van alternándose durante toda la Edad Media consecuencia de las incesantes luchas entre vecinos. En 1461 pasa definitivamente a manos castellanas en nombre de los reyes católicos.

Con la unificación propiciada por los indisociables Isabel y Fernando y la consecuente calma que gobernó todas sus tierras cristianas, la villa perdió su importancia como plaza defensiva, la que no retomaría hasta el siglo XIX, durante la guerra de Independencia contra los franceses. Más tarde llegaron las guerras carlistas, las dos y, en ellas, Laguardia fue perdiendo algunos de sus rasgos de identidad más significativos  hasta llegar a convertirse en pueblo abierto, sin defensas.

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